“Pánico en el Senado” por Alana Feldman Soler

La autora es Coordinadora General de Taller Salud, Inc.
4 de septiembre de 2010
Tomado de Endi.com

En la medida legislativa PS 1568 de la autoría de la senadora Lucy Arce encontramos la creación y desarrollo de un pánico moral. Un pánico moral es la transmisión de un mensaje que crea la impresión desproporcionada de que la fibra básica de nuestra sociedad se encuentra bajo amenaza inminente. El mensaje usualmente utiliza ejemplos particulares para demostrar una degradación de valores e imponer la necesidad de controles legales sobre la ciudadanía como medida para evitar la desintegración social.

Un ejemplo clásico de un pánico moral sería la definición del socialismo como una amenaza a la mera existencia de nuestra sociedad. Este pánico llevó a una cacería de brujas que inició durante la Guerra Fría y aún retumbaba en acusaciones desproporcionadas contra el actual presidente de los Estados Unidos durante su campaña electoral 2008. Para los que tenemos un paladar más criollo, podemos pensar en el pánico causado por los velatorios creativos; o la perspectiva de género en la educación pública.

Siendo un campo lleno de pasiones y opiniones encontradas, los pánicos morales frecuentemente se enfocan en exagerar y limitar las expresiones de la sexualidad. El peligro de este tipo de pánico moral está en que en cuanto limita la expresión de la sexualidad, también amenaza la autonomía sobre la toma de decisiones sobre el cuerpo propio.

Hay periodos históricos en los que la sexualidad es más disputada y politizada. Como ejemplos, podemos hablar del surgimiento de la “trata de blancas” en la Inglaterra de los 1800 o de la revolución sexual de los años 1970. En Puerto Rico, sin duda, estamos en uno de esos periodos históricos. En menos de 2 años de la actual administración, hemos visto la eliminación de la comisión conjunta para la revisión del código civil; la paralización de la Carta Circular del Departamento de Educación para el desarrollo e implementación de un análisis de género en la educación; la definición del matrimonio heterosexual; la criminalización de la expresión pública; y hasta la prohibición de escotes, pantalones cortos y mini faldas en agencias de gobierno. Ahora, entra en debate la reproducción asistida.

La cohesión del mensaje es clara. Esta administración está preocupada con re-definir las fronteras de la moralidad: fronteras que han sido socialmente negociadas y renegociadas en procesos de evolución, cambio y lucha durante más de 200 años.

La medida de la Senadora habla de menores y donantes anónimos que pierden sus derechos de propiedad; pero no habla del reconocimiento y respeto al consentimiento voluntario. Habla de que “el desconocimiento sobre… raíces genéticas puede provocar” incesto, como si hablase de una fuerza magnética incontrolable; cuando en realidad estos son incidentes aislados que tampoco pueden ser descartados en casos de adopciones o menores no reconocidos legalmente.

La idea de que un menor pudiese nacer “sin madre ante la ley” es tan dramática que no puede evitar causar un pánico visceral en la persona lectora del proyecto. Sin embargo, en vez de hablar de crear una reglamentación que aclare los derechos y responsabilidades involucradas en una maternidad subrogada contractual y voluntaria, la Senadora nos inculca el temor ancestral a los hijos e hijas ilegítimas.

Nuestra Constitución garantiza que el Estado no se inmiscuya en establecer qué fuerza crea o debe crear la concepción y la gestación. Esa tarea le corresponde a la religión. El papel del Estado es respetar la diversidad de expresiones de las personas; proteger a la ciudadanía de daños; y garantizar las condiciones para desarrollar nuestra sociedad en equidad y con calidad de vida.

A pesar de todo, en algo acierta la Senadora: “La dignidad del ser humano es inviolable. Tod[a]s [las personas] son iguales ante la Ley. No podrá establecerse discrimen alguno por motivo de raza, color, sexo, nacimiento, origen o condición social, ni ideas políticas o religiosas. Tanto las leyes como el sistema de instrucción pública encarnarán estos principios de esencial igualdad humana”.

Pero si es así, entonces, ¿por qué el pánico?

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