La violencia por razón género, las masculinidades y los crímenes de odio

Por Nahomi Galindo-Malavé

En el mes de No más violencia hacia las mujeres, es importante recordar que todo acto de violencia encarna una red de relaciones de poder: en este caso, relaciones de género. Es por ello, que el objeto o “víctima” de la violencia de género no necesariamente es siempre una “mujer”.  Un ejemplo reciente de ello es violento asesinato del hombre gay de 19 años, Jorge Steven López. Para comprender este suceso como crimen de odio y como violencia de género, es importante entender cómo se despliegan a través de él las relaciones de poder y la construcción de las masculinidades.

Simone de Beavouir, filósofa y bisexual, dijo que una mujer no nace sino que se hace. Más recientemente, Judith Butler, filósofa, lesbiana y queer, ha explicado que el género se construye a través de la performatividad, es decir, reiteraciones (actos repetitivos) que hacen a un sujeto inteligible (comprensible) como perteneciente a una categoría social. En el caso del género, se trata de la repetición de actos que identifican al sujeto como “masculino” o “femenino”.

La violencia contra las mujeres es producto de las relaciones de poder que existen en nuestra sociedad. Se trata por tanto de una de las manifestaciones de la violencia de género, que se dirige contra todo aquello que no es inteligible, que rompe, que no se subordina, a las normas de lo masculino y lo femenino. Diferentes formas de violencia de género son las violencias domésticas, la violencia económica, los feminicidios y los crímenes de odio.

A pesar de que la Ley de Crímenes de Odio ya lleva siete años en existencia, en Puerto Rico todavía no ha sido catalogado ni un sólo crimen como tal, a pesar de que sucesos similares al que segó la vida de Jorge Steven ocurren constantemente.  En la mayoría de los estados de los Estados Unidos, la realidad no es muy distante, por lo que recientemente tuvo que ser aprobada una ley federal sobre crimenes de odio.

Estas leyes reconocen que la homofobia es un mal social que existe y que debe ser erradicado urgenemente. Sin embargo, muchas personas plantean la dificultad de identificar un crimen de odio. Algunas todavía se preguntan ¿Cómo se puede medir el odio?  Otras han cuestionado si las mujeres, como mujeres, pueden ser víctimas de crimenes de odio.

No ha pasado aún un año desde que se reportó un crimen de odio hacia una mujer lesbiana, que fue conocido a nivel mundial. Los hechos ocurrieron en San Francisco, California. La mujer de 28 años y abiertamente lesbiana fue violada por cuatro hombres – dos adultos y dos menores de edad. El acto violento duró 45 minutos. Se inició al ella bajarse de su carro, el cual tenía un “sticker” de orgullo gay. Uno de ellos la golpeó, tirándola al suelo, y le ordenó quitarse la ropa. Al sentir personas acercarse la montaron en su auto y la llevaron a otro edificio para continuar la violación. Mientras la violaba, uno de ellos le llegó a preguntar repetidas veces: “¿Te gusta?

La violación, junto con las violencias “domésticas”, es una de las formas mejor conocidas de la violencia de género – se trata de violencia dirigida hacia una persona por razón de su género, o más específicamente por romper con el comportamiento que se espera de ese género.  La excusa más típica tanto de agresores como violadores es que la víctima “se lo buscó”, o para “ponerla en su sitio” por la razón que sea – en otras palabras, porque su comportamiento no es inteligible dentro de cómo “se supone” que actúen las mujeres.

El caso que he relatado pone de relieve el carácter adicional de crímen de odio por orientación sexual.  Al preguntar “¿Te gusta?”, el violador manifiesta la razón de ser de su acto: “poner en su sitio” a alguien que no le es inteligible, como “mujer” a la que “se supone” que “le guste” el sexo con hombres.

El asesinato de Jorge Steven refleja sorprendentes similitudes. Su asesino fue Juan Antonio Martínez Matos, un hombre de 26 años conocido como “Casper”. Éste ha alegado que pensaba que Jorge Steven era una mujer, y que al darse cuenta que era un hombre, recordó una violación que sufrió mientras estuvo confinado por violencia doméstica.   Esta versión de los hechos, por el propio asesino, saca a relucir la naturaleza del grotesco acto.  Independientemente de si éste llegó al lugar donde Jorge Steven se ganaba la vida alquilando su cuerpo, vestido de mujer, con la intención de descargar su furia vengativa (o auto-desprecio reprimido) o no, se trata de un crimen de odio.  Según sus propias expresiones, Casper siente un odio tal hacia los homosexuales – quienes no son inteligibles como “hombres” – que lo llevó no sólo a asesinar, sino también a degollar, desmembrar, y parcialmente quemar el cuerpo ya sin vida de su víctima.

Lo que demuestran los casos de Jorge Steven y la mujer lesbiana violada en San Francisco es que los crímenes de odio por orientación sexual y la violencia hacia las mujeres son dos manifestaciones de un mal más amplio, la violencia de género, que está enmarcada en las relaciones de poder. Ambos fueron sometidos a la violencia para restaurar la heteronormatividad patriarcal.

El colmo de esta compulsividad heteronormativa quedó demostrado cuando Casper le recalcó al fiscal que él no era homosexual y que deseaba que así lo dejara saber a los medios y que lo supiera todo el mundo.

Las mujeres bisexuales, lesbianas, transgéneros, transexuales e intersexuales son vulnerables a la violencia de género. Los hombres bisexuales, gays “masculinos”, gays “afeminados”, transformistas y trangéneros, entre otros también pueden estar expuestos a la violencia de género.

Si recordamos además, que la gran mayoría de los agresores sexuales en las cárceles masculinas, así como de los “clientes” que procuran trabajadores sexuales masculinos vestidos de mujer (como a todas luces lo llegó a ser Jorge Steven), son hombres “heterosexuales”, podemos concluir que la violencia de género siempre se articula para defender la “masculinidad” heteronormativa.

La forma binaria femenino-masculino se ha construido culturalmente para definir los comportamientos que hacen a un sujeto inteligible para la sociedad como “hombre” o “mujer”. Es precisamente esta forma binaria de pensar la que debemos transformar si aspiramos a eliminar de raíz la violencia de género en todas sus manifestaciones.

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